Una mañana de sábado fría en la capital. Pero el sol intenta salir asomándose entre nubes. Un vapor gris emerge del suelo de piedra, como recuerdo de la fuerte lluvia de la noche anterior. El recorrido en el centro histórico inicia en la Plaza de la Independencia, la plaza grande que alberga en la mitad, el monumento a los héroes del 10 de agosto.
Fotografía: Eloísa Arregui
Girando alrededor de esta magnífica escultura, entre leones sientes que te transportas a diferentes tiempos y épocas quiteñas. A un lado se observa el hotel con el mismo nombre de la plaza, construido en 1930. A un costado de este estamos en la colonia en 1570, con el Palacio de Carondelet. En frente de la casa presidencial se muestra el Palacio Municipal, una construcción setentera que desentona un poco con todo el paisaje, y a su izquierda se muestra la catedral primada, también de tiempo colonial.
Desde muy temprana hora alrededor de la plaza, en las bancas de piedra se reúnen ancianos a charlar, su avanzada edad parece petrificarles de a poco en un espacio, que al frecuentarlo tanto se convierte en parte de ellos. Y ellos un monumento más del lugar.
Fotografía: Eloísa Arregui
Caminando por la García Moreno o calle de las siete cruces, se pueden ver ya a los vendedores ambulantes agruparse a los lados de las veredas. Por la derecha está el Centro Cultural Metropolitano, seguido de la iglesia de El Sagrario. Frente a esta hay algo que llama la atención, sin tener que voltear a ver, la música de un acordeón te alegra el día, te pellizca para que bailes a su ritmo y el señor que con gafas y sin vista lo toca, transmite con su música, que ve mucho más, que otros que si ven.
Fotografía: Eloísa Arregui
Siguiendo el paseo un señor ofrece algo que solo se puede encontrar en el centro histórico, una maquinita que enhebra el hilo en la aguja, la revolución de las abuelitas y señoras mayores tejedoras. Pasando la majestuosa iglesia de La Compañía y el antiguo Banco Central ya se empiezan a oler los duces típicos recién hechos.
El azúcar moreno y la panela derritiéndose en la paila con maní, las colaciones y los chifles recién fritos. Hacen que se pueda saborear otra vez la niñez. Llegando al arco de la reina, se ve la 24 de mayo al fondo, pero ya sin ganas de caminar solo toca dar la vuelta y regresar.



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